Capítulo 1:
Empieza un nuevo curso
Como todas las historias, El virus Marcy tiene un comienzo, un origen.
El principio de lo que será para unas cuantas personas, el inicio de un
trepidante mundo de peligros, misterios y un sinfín de aventuras.
Todo empezó en el mes de septiembre. Las clases dieron comienzo y, tanto
los profesores como los alumnos, debían volver a lo que iba a ser durante nueve
meses, su nuevo hogar. El majestuoso internado Sáez se encontraba en perfectas
condiciones y sin ninguna variación aparente a la vista respecto a años
anteriores. Los que no conocían de antes el edificio, se quedaron boquiabiertos
al ver las dimensiones de aquella escuela, aunque por dentro las vistas
mejoraban muchísimo más. El internado se estructuraba en cuatro plantas,
conectadas por tres escaleras, una de ellas en el centro y las otras dos a
ambos lados. En la planta de abajo se distribuían, empezando por el lado
derecho, la enfermería del internado y la entrada al pabellón, donde se
impartían la mayoría de las clases de educación física. En el lado izquierdo
del edificio se encontraba el despacho del director y jefe absoluto de aquel
recinto educativo: El director Sáez. La mayoría de los alumnos pensaba que el
director Sáez era tan narcisista que no había dudado, ni un momento, en colocar
su apellido en el nombre del internado, pero en realidad tenía ese apelativo
por su padre, el cual edificó aquel centro de estudio para que su hijo
trabajara de forma autónoma y, directamente, como mandamás de un internado, sin
pasar antes por miembro del profesorado ni por jefatura de estudios. Respecto a
los dormitorios, el internado Sáez separaba a sus estudiantes por edad y sexo,
es decir, que en la primera planta se encontraban todos los jóvenes cuyas
edades comprendieran entre los diez y los trece años; La segunda planta del
recinto educativo estaba compuesta por el sector femenino; Y, la tercera, estaba
destinada a los varones. Para concluir, la cuarta y última planta del internado
era donde residían los profesores que allí impartían clases.
Ese
primer día de curso, los alumnos eran recibidos por el director Sáez, el cual
estaba pletórico y emocionado de poder volver a animar a gente por medio de los
estudios y de reprenderles cuando fuera necesario. Adoraba su trabajo y se lo
tomaba muy en serio. Ese año, había obligado al enfermero del internado, el
señor Ibáñez, a que hiciera un esfuerzo por estar junto a él, en su misión de
acogida y recibimiento. Sabía de antemano que su empleado era bastante tímido
y, por qué no decirlo, algo huraño, pero quería hacer ver un lugar mucho más
hogareño y hospitalario de lo que ya era. A diferencia de ellos, que estaban
ilusionados por principiar el nuevo año escolar, pudieron ver unos rostros poco
complacientes en sus alumnos, debido al fin de las vacaciones de verano y lo
que ello conllevaba: Habría que estudiar nuevamente.
-Ésta es la tuya, habitación 17 – dijo
Luis.
-Pero yo quiero estar al lado tuyo,
hermano – explicaba Alberto con tristeza.
-Te prometo que vendré a visitarte
todos los días.
-¿De verdad?
-Sí, lo prometo.
Alberto y Luis eran hermanos, pero casi nunca habían estado juntos
debido al divorcio de sus padres, cuando el mayor tenía la temprana edad de
siete años y, el benjamín, solo cuatro. Luis se había ido a vivir con su madre
a un pueblo de Escocia, y Alberto con su padre a Madrid, la capital de España y,
por un golpe de suerte, habían coincidido en el mismo internado de Moorea, la
isla volcánica de la Polinesia francesa, ocho años después. Que sus padres
hubieran coincidido en ello, le sorprendió a Alberto, pero supuso que habrían
decidido eso para que ambos hermanos pudieran crear esos lazos íntimos que
todos los hermanos poseen, pero que ellos nunca llegaron a establecer. Luis,
por su parte, había investigado acerca del internado Sáez y se sorprendió
gratamente de ver que aquella institución acogía principalmente a alumnos
españoles, aunque no eran reacios a la diversidad cultural para fomentar la
igualdad y aprender idiomas de manera sencilla y amena.
Tras dejar a su pequeño hermanito en la primera planta del internado, se
dirigió a su habitación para ver lo que le esperaba durante el curso. Como
Alberto era tres años más pequeño que Luis, les habían puesto en cuartos y
plantas distintas. Cuándo éste entró en su dormitorio, se quedó boquiabierto,
pues tenía a unos compañeros un poco difíciles de tratar: Lo único que había
allí, eran dos cucarachas encima de su cama, un mueble medio derrumbado y una
mesa con más polvo que madera.
-¿Dónde me han metido? – soltó algo
amedrentado y confuso por la visión a la que estaba expuesto.
Luis por lo menos había tenido algo más de suerte. Cuando llegó a su
habitación, no se encontró con dos insectos repugnantes sobre su catre, sino
que se topó con dos chicos de su misma edad, colocando su respectiva ropa en
los armarios. Como en el caso de Alberto, admiró las dimensiones de su
habitación, pues sin saber exactamente el motivo de ello, se habían imaginado
aquel habitáculo mucho más diminuto de cómo en realidad era.
-¡Hola! Me llamo Luis – exclamó con
efusividad nada más entrar.
-Hola, soy Carlos – dijo el muchacho
más cercano a la puerta, sin mirarle a la cara debido a que estaba ordenando su
ropa en el cajón.
-Yo soy Javi, un placer conocerte. Tu
cama es la que está más pegada a la pared.
-Vale, gracias.
A Luis no le dieron muy buena impresión esos dos chicos. No es que él
fuera selectivo e hiciera un castillo de un grano de arena en lo que a buscar
compañeros y hacer amigos se refería, pero esos dos chavales no habían
comenzado del todo bien con él, ya que uno de ellos apenas hizo ademán de
interesarse por él, y el otro se limitó a chocarle la mano y seguir con sus
quehaceres. Además, Luis vio que físicamente era completamente distinto a
ellos. Mientras que él era castaño de ojos marrones, Carlos era rubio con ojos
azules. Y, respecto al tercero en discordia, Javi, tenía unas gafas de culo de
botella delante de unos ojos marrones que guardaban cierto parecido con los de
Luis, pero era delgado y alto, lo cual le hacía ver más enjuto todavía.
Cuando llevaba cerca de media hora colocando su equipaje en el armario
que sus dos compañeros le habían dejado vacío, una potente voz sonó a través de
los altavoces, colocados en algunas esquinas y demás recovecos del internado.
La voz del director Sáez a través del amplificador, pidiendo la presencia de
todos los alumnos en el pabellón del internado, no hizo otra cosa que asustar a
Luis, a causa de que le pilló de improviso. Para no perderse ningún detalle, se
dirigió allí a paso ligero, con la esperanza de encontrarse con su hermano y
sus dos compañeros de habitación, los cuales, pasados los cinco minutos del
recién llegado en el dormitorio, se habían ido de allí sin decir nada y no
había sabido nada más de ellos. Para nada, estaba resultando la bienvenida
deseada, pues no estaba consiguiendo entablar amistad, ni conversación
siquiera, con nadie allí.
El pabellón no era como la gente se imaginaba,
no era un lugar enorme con tres colchonetas y un par de espalderas, sino como
un gran estadio de baloncesto, con sus gradas incluidas, para que los alumnos
se acomodaran. Luis no tardó en llegar, apenas cuatro minutos después de la
orden del director. Aún quedaban muchos asientos vacíos y, como no veía a nadie
conocido, dada la lista tan reducida de contactos que poseía, decidió
acomodarse en una de las sillas más próximas a la puerta de entrada. Nada más sentarse,
se estiró y bostezó. Esperaba que a su hermano le hubiera ido mejor que a él
ese primer día. Seguía sin entender el por qué se habían comportado de forma
tan reacia sus dos compañeros de cuarto, ¿Ya se conocerían de antes? ¿Habrían
tenido una buena amistad con su anterior colega de habitación y le habían
culpado a él de que éste no hubiera regresado? Sea como fuere, el chico comenzó
a perderse en sus pensamientos cuando alguien le tocó con el dedo índice de la
mano derecha en su hombro.
-¿Está ocupada esta silla? – preguntó
una voz femenina a su derecha.
Luis se giró hacia donde había oído esa voz y vio a una chica de su
misma edad, pelo corto y rizado y una carpeta en la mano. Se había quedado
embobado con la muchacha. Con la belleza y sensualidad que desprendía desde el
primer momento, había bastado para hacer enmudecer a Luis, que nunca había
sufrido tal efecto por nada ni por nadie. Por otro lado, ésta empezó a
preocuparse porque no recibía respuesta alguna y empezó a otear el ambiente en
busca de un nuevo asiento en el que caerse a escuchar lo que el director
tuviera que decirles.
-Bueno, ya buscaré otro asiento, gracias
– dijo alejándose del lugar con muecas de extrañeza e incredulidad.
-¡No, espera! Siéntate aquí.
-Gracias – preguntó una vez se hubo
acomodado en el asiento – ¿Cómo te llamas?
-Luis, ¿tú? – cuestionó de forma
entrecortada ya que la chica le producía un fuerte tartamudeo y le estaba
costando más de lo esperado recuperar la compostura.
-Andrea, encantada de conocerte, ¿este
es tu primer año aquí?
-Nuestro primer año… También está mi
hermano.
Andrea y Luis empezaron a conocerse, preguntándose por gustos musicales
y lugares paradisiacos que ambos querían visitar, pero no les dio tiempo a
hablar mucho porque entró el director Sáez en esa sala que ya se encontraba a
rebosar de gente. Se colocó en el centro y cogió un megáfono con la intención
de dar un discurso a sus nuevos estudiantes, que guardaron silencio nada más
escuchar el chirrido proporcionado por el utensilio en manos del director, el
cual estaba haciendo pruebas para comprobar que estaba en perfectas condiciones.
-¡Bienvenidos a todos! Estoy muy contento
de estar aquí un año más y espero que vosotros también lo estéis. Este año no
me quiero entretener tanto en la charla inaugural, pues auguro que estaréis
deseando hacer vida social y descansar del largo viaje. En cualquier caso, os
he hecho llamar para avisaros de que ha habido un pequeño problema con los
contratos de los profesores y es por ello que hay un pequeño descontrol en lo
que respecta al horario académico. Nada de lo que preocuparse, tranquilizaos.
En unas pocas semanas todo se habrá normalizado. También, no está de más
mencionar que, si tenéis algún problema con cualquier alumno o profesor no
dudéis en hablar conmigo. Y dicho esto, ¡damos por empezado el curso! –
-Parece majo – dijo Luis una vez
terminada la introducción del curso.
-Lo es. De los cuatro años que llevo
aquí no he visto a nadie quejarse de su actitud.
-¿Llevas cuatro años? – Preguntó Luis
con gran asombro – Y, ¿te lo pasas bien aquí?
-Pues claro, esto es muy divertido.
Todos los viernes hay fiestas, las clases son entretenidas y conoces gente
nueva. Todavía no he visto el inconveniente de este lugar. Bueno, sí, que
estamos a tropecientos kilómetros de casa, pero bueno… – Andrea dejó de reírse
y miró el reloj que tenía en su muñeca izquierda. Era de plata, bastante
bonito. Luis percibió en el rostro de la chica que ésta estaba sacando tiempo
de donde no tenía y, cuando ésta se hubo percatado de que su actitud era más
que evidente, decidió levantarse del asiento como si no hubiera ocurrido nada.
-Bueno, me tengo que ir a mi
habitación. Van a llegar mis nuevas compañeras y tengo ganas de conocerlas, ¡ah!
y gracias por la silla.
-De nada.
-Hasta luego.
Luis se quedó sentado un par de minutos, pensando en lo que le había
dicho Andrea ¿de verdad sería tan entretenido vivir en ese internado? Cuando su
madre le mencionó que iba a dejar de estar con sus amigos y conocidos para irse
a estudiar al internado Sáez, alejado de todo lo que él apreciaba, no le causó
especialmente gracia, pero a lo mejor estaba en un profundo error y tenía que
dar una oportunidad a aquel nuevo lugar. Al fin y al cabo, tanto el profesorado
como el alumnado no parecían tan sombríos en esa primera toma de contacto.
Al rato de estar sumido en sus más recónditos
pensamientos, se dio cuenta de que allí no quedaba casi nadie, tan solo una
chica leyendo un libro, un chico escuchando música y él. Antes de salir de allí,
Luis se despidió de los dos últimos estudiantes que allí quedaban y, una vez
que se encontró en el pasillo, tras haber salido del pabellón y andar un rato
por la parte baja del internado, dispuesto a subir los escaleras que conectaban
dicho nivel con el superior, empezó a recordar que no había visto a su hermano
pequeño en todo el rato. El chico comenzó a ponerse nervioso. Si Alberto
hubiera estado en el pabellón se habría acercado a él para reseñarle acerca de
su nuevo dormitorio y sus nuevos compañeros. Pero no había sido así. No se
había acercado a él y eso solo podía significar una cosa: No había ido al
pabellón. El hermano mayor comenzó a ponerse en la peor tesitura posible,
pensando en lo que le habría podido ocurrir a su hermano, poniéndose nervioso
al imaginar a su pariente sumido en la peor de las desgracias.
A lo largo de su vida había estado con
su hermano en contadas ocasiones y ahora que se tenía que responsabilizar de
él, se había extraviado. No le costó mucho esfuerzo y tiempo encontrarle, una
vez el mayor hubo ascendido al piso primero. Alberto estaba en la puerta de los
cuartos de baño de su planta, con lágrimas en los ojos y una angustia en su
rostro. Luis le vio desolado, triste y angustiado, y se acercó a él derrumbado
sin conocer las causas de dicho sentimiento por su parte ni por el del joven
con el que compartía sangre.
-Luis, por fin vienes – dijo el
pequeño a moco tendido.
-¿Qué sucede? Estaba en el pabellón
con los demás alumnos, en la charla que ha dado el director, ¿tú has estado?
-No.
-¿Se puede saber porque no has ido? –
recriminó un poco molesto.
-He estado todo el rato aquí porque no
quiero estar ni un minuto más en este sitio. Quiero irme a mi casa con papá,
con mamá y contigo, pero no en este internado.
-Pero si no llevamos ni dos horas ¿ya
te quieres marchar?
-¡Te acabo de decir que sí!
-Bueno, al menos tendrás un motivo.
-El motivo es que no conozco a nadie y
me han puesto en una habitación con dos cucarachas y los muebles rotos.
-Pero yo tampoco conozco a nadie…
Piénsalo, cuándo fuiste hace seis años al cole, tampoco conocías a nadie, pero
pasaron los días y te hiciste amigo de casi todos ellos, pues esto es igual,
otro cole, nuevos amigos…. Y, sobre tus compañeros… No está bien llamarles
cucarachas si todavía no les conoces – reprendió el mayor.
-Ese es el problema, que no puedo
conocerles. No tengo compañeros, sólo hay dos insectos, dos cucarachas feas
sentadas en mi cama.
-Hagamos una cosa: Vamos a tu
habitación y entramos. Veo si hay cucarachas y muebles rotos y, si de verdad
los hay, hablaremos con el director.
-¿Entonces no podemos irnos? – preguntó
el pequeño, albergando todavía una esperanza.
-Da una oportunidad a este internado.
Me ha dicho una persona que es muy divertido. Venga, vamos a tu habitación.
Luis y Alberto empezaron a
caminar hacia el cuarto del pequeño mientras Luis le contaba algunas ventajas
sobre el internado Sáez: Lo de las fiestas, lo simpático que parecía ser el
director y lo buenas personas que mostraban ser todos allí. Alberto pareció
calmarse un poco con las palabras de su hermano, lo cual, enorgulleció a Luis.
Ahora sí, comenzaba a sentirse ufano por la labor que estaba realizando con el
joven. Poco a poco, Luis principió a sentir que Alberto estaba siendo
convencido porque dejó de respirar entrecortadamente, para dar bocanadas
normales de aire, pero al llegar a la habitación 17, un malestar le recorrió la
espalda a ambos, ¿qué se iban a encontrar? El mayor fue el que decidió abrir la
puerta con su mano derecha y con bastante aprensión por lo desconocido, pero al
ver lo que había en el interior de aquel dormitorio, comprendió que sus temores
habían sido infundados para nada. A diferencia de lo que había expresado
Alberto, la habitación poseía un ambiente cálido y acogedor, sin cucarachas ni
muebles rotos. De hecho, Alberto divisó boquiabierto aquel escritorio que iba a
juego con los muebles azules y los dos cojines naranjas que se encontraban sobre
las dos almohadas de los respectivos dormitorios.
-No lo entiendo, antes era un cuarto
abandonado, ¿qué ha podido pasar? – interpeló Alberto extrañado.
-Lo que ha pasado es que querías irte
de aquí y has inventado lo de tu cuarto para convencerme, ¿verdad?
-No, te lo prometo.
-Lo que sí deberías hacer es marcar tu
lado de la habitación – Comentó Luis oteando todos los rincones del dormitorio
– Ese chaval está acaparando todo tu espacio… Por cierto, ¿dónde está? Parece
uno de esos raritos que se pasan todo el día con el ordenador y se olvidan
hasta de comer por estar jugando.
-Eso parece – musitó Alberto todavía
desconcertado.
A sus espaldas alguien carraspeó. Los dos se giraron y vieron a un chico
de la misma edad que Alberto, pelo corto y un ordenador en la mano. El hermano
mayor se quedó sin palabras al descubrir que el compañero de Alberto le había
escuchado las palabras hirientes que acababa de proferir contra su persona. De
hecho, trataba de mostrarse indiferente al comentario, pero no lograba disimularlo
especialmente bien.
-Me dejáis pasar, por favor.
-Claro – Dijo Luis – ¿Eres tú el
compañero de cuarto de mi hermano Alberto?
-Supongo que sí. Soy “El rarito” de este
cuarto – corroboró éste mirando a Luis con odio.
-Estupendo. Aquí te dejo a mi hermano,
que yo me tengo que ir. Hasta luego.
Luis se marchó de la vista fulminante de “El rarito” lo más rápido que
pudo. Sentía que no había obrado bien insultando al compañero de Alberto, y más
a su espalda, creyendo que no le iba a escuchar. Luis quería ser el mejor
ejemplo para su hermano y criticar a la gente, no era la lección más
importante. Algo es algo, Alberto no tenía que convivir con dos insectos en un
cuarto abandonado pero, ¿seguro que era lo mejor? Luis no paraba de ponerse en
lo peor, ¿y si a “El rarito” le daba por tomarla con Alberto por motivo de sus
burlas? Lo que Luis también sabía es que no podía hacer que Alberto dependiera
de él durante todo el curso. Le ayudaría en todo lo que pudiese, pero la
amistad con “El rarito” se la tendría que ganar el mismo. Era por ello, que lo
que menos podía hacer era ser tan despreocupado de decir cualquier barbaridad
de la gente a la que aún no conocía.
Aunque él siguió dándole vueltas durante más de una hora, su hermano lo
olvidó todo e intentó buscar un nuevo amigo en su nuevo compañero de cuarto, el
cual, se mostraba hostil con el joven estudiante. No podía ocultar que le había
dolido el comentario de Luis, y tampoco pretendía ocultar por ello, que no quería
la amistad del pequeño.
-Bueno, ¿cómo te llamas?
-Sergio.
-Yo soy Alberto, y el de antes, era mi
hermano Luis. Somos nuevos en este internado, ¿tú también eres nuevo?
-Sí.
-¿Todos estos cachivaches son tuyos? –
cuestionó mirando unos aparatos que se encontraban encima del escritorio y
ojeándolos desde todos los ángulos posibles.
-No son cachivaches, son mis aparatos
de investigación.
-¿Investigas?
-Si no investigara no los tendría.
Hazme un favor, si me vas a hacer perder más el tiempo, dímelo.
-Vale, ya me callo.
El primer día para Alberto no fue, ni mucho menos, como él hubiera
deseado: Su hermano pensaba que se había inventado lo del cuarto repugnante, no
conocía a nadie y su compañero de habitación le odiaba por lo que Luis había
dicho. En definitiva, Alberto tenía motivos, más que de sobra, para no sentirse
alegre ni entusiasmado.
A la mañana siguiente, el sol apareció por todos los cristales del
internado, anunciando el despertar de sus alumnos. A Luis se le ocurrió la idea
de hacer una visita a su pequeño hermano y a su extravagante compañero de
habitación, antes de intentar conocer a sus propios camaradas de cuarto, con
los que apenas pudo conversar en el día inaugural del trimestre. Estaba
dispuesto también a solucionar el altercado del día pasado con el compañero de
su hermano, al que había apodado “El rarito” y del que esperaba una muestra de
simpatía hacia ambos parientes. El problema llegó cuando Alberto subió a toda
prisa los escalones de la tercera planta del internado y Luis le encontró
desorientado, buscando el cuarto de su hermano, como un manojo de nervios y una
cara de acabar de ver un fantasma. Alberto estaba sudando, tal vez por los
nervios o a lo mejor por la precipitada caminata desde la primera hasta la
tercera planta del internado. El caso es que consiguió, de nuevo, que su
hermano se preocupara enormemente por él.
Como sabía que ni Carlos ni Javi se encontraban en la habitación 52, la
suya, porque se debían de haber bajado a desayunar y a conocer las distintas
instalaciones del centro educativo, Luis llevó a su hermano al interior de su
cuarto y le sentó sobre su cama, con la esperanza de que así se calmara y le
contara, de una vez, lo sucedido.
-Alberto, respira, ¿qué es lo que ha
pasado? – El pequeño tragó saliva y se echó las manos a la cabeza, intentando
ordenar sus pensamientos. Luis le miraba asustado y temiéndose lo peor: Su
compañero de habitación tenía algo que ver y, a mayor ende, había sido a causa
de sus hirientes palabras – ¡Alberto, respóndeme ya!
-Es que… Cuándo me he despertado… Me
he visto con muchos cables encima y me he asustado.
-¿Y, ya está? – Murmuró dando un suspiro
– Es normal que tuvieras cables por encima. Te recuerdo que tu cuarto está
lleno de aparatos y cables de todo tipo.
-Sí, pero no puestos en la cabeza. –
-¿Qué tu compañero te ha puesto cables
mientras dormías? – se asombró Luis.
-Sí, pero además, cuándo me he
despertado… He creído ver mi foto en la pantalla de su ordenador, y había
muchísimas cosas al lado…
-Tranquilo, ¡cuándo le vea le voy a
partir la cara! Se le va a quitar la tontería de golpe.
Pareció increíble, pero Sergio acababa de subir las escaleras y estaba
en la misma planta que su compañero de cuarto y su furioso hermano. Además, él
chico subió ahí en el preciso momento en el que el otro salía de su dormitorio,
directo a la habitación 17, para decirle unas cuantas perlitas bastante peores
que lo mencionado la pasada tarde. Alberto salió justo después que él, todavía
temblando por el miedo que había pasado en su propio cuarto. En su propia cama.
El pequeño conocía a su hermano. Él no era una persona violenta, pero en esa
ocasión, estaba más que convencido de que Luis no iba a apretar los dientes y a
sacar una bandera blanca señalizando paz.
-Sólo te lo voy a decir una vez, no
quiero que te acerques a mi hermano otra vez, porque si le vuelves a hablar o
me vuelve a contar algo parecido a lo que me ha contado, te vas a cagar, ¿te ha
quedado claro?
-No he subido aquí para escuchar tus
amenazas, sólo he venido porque tengo que decirte una cosa muy importante.
-Creo que no te enteras, ¡no quiero
escuchar nada de un chiflado que pone cables a mi hermano en la cabeza mientras
duerme! – espetó Luis alzando el tono de voz y agarrándole con fuerza el brazo
izquierdo.
-Pero….
-Basta ya, ya te he avisado. Espero
que esto no vuelva a suceder.
Todavía Luis no había golpeado a Sergio, pero era demasiado pronto para
que su hermano respirara tranquilo. Por suerte, apareció Javi corriendo por el
otro lado del pasillo, buscando a su compañero. Le reconoció aun estando el
otro de espaldas y, a pesar de no rememorar a las otras dos personas más
jóvenes que con él se encontraban, no podía evitar pensar que allí estaba
ocurriendo algo serio.
-¿Se puede saber qué está pasando
aquí? – preguntó una vez que vio cómo su compañero de habitación aferraba con
fiereza el brazo del chico
-Por ahora, nada – Dijo Luis – ¿Qué
quieres?
-Saber porque no estáis los tres en
clase del señor Ramírez, me ha dicho que os buscara y que bajarais de inmediato.
-¿Qué ahora tenemos clase? – preguntó
Luis.
-Me temo que sí, ¿por qué no llevas
puesto el chándal?
-¿Qué encima es de educación física?
-Claro, ¿acaso has mirado el horario
que te hemos dejado Carlos y yo detrás de la puerta?
-No me he fijado, la verdad –
reconoció.
-Pues date prisa, si no el señor
Ramírez me echara la broca a mí también. Ah, por cierto, tu hermano Alberto, y
su compañero de habitación, Sergio, también tienen que venir.
-¿Estoy en la misma clase que mi
hermano? – preguntó Alberto.
-Pues claro, no hay profesores
suficientes por ahora y se han reagrupado algunas clases. Daos prisa.
Javi se fue corriendo escaleras abajo y Alberto le siguió unos diez
segundos después totalmente emocionado por la noticia de compartir clase con su
hermano, esperando que Luis se arreglara para la ocasión y finalizara aquel
espectáculo que estaban protagonizando tanto él como su compañero de
habitación, el cual no llegaba a impresionarse ni con las amenazas del chico ni
con la idea de compartir aula con él.
-Estás avisado – le dijo Luis a Sergio
una vez que su hermano se había marchado ya rumbo al patio escolar. Tras la
advertencia, se marchó a su habitación, malhumorado, a cambiarse de ropa y
Sergio se marchó a su cuarto, cogió su ordenador y empezó a escribir en él,
hasta que presionó con fuerza el teclado del ordenador al recordar que no había
conseguido nada en claro con la visita al hermano de su compañero, a excepción
de una amenaza inesperada.
A los cinco minutos, Luis bajó a
la calle con cierto pesar en el cuerpo a causa de la pereza que sentía por
iniciar el día, y el curso en general, con educación física. Sin embargo, para
su sorpresa, vio que el señor Ramírez se encontraba de pie junto a un montón de
estudiantes que yacían en el suelo sin mover ni un solo músculo de la cara. El
profesor en cuestión era un hombre cercano a los treinta años que vestía un
chándal azulado y estaba embadurnado por una buena cantidad de gomina que le
había ayudado a fijarse el pelo hacia atrás, lo cual significaba que, a pesar
de la materia que impartía, no era muy aficionado a las carreras ni al deporte.
Al principio, Luis creyó que era parte de algún juego y sonrió tímidamente,
pero dedujo que aquello no se trataba de entretenimiento. Los alumnos se
encontraban inconscientes, o algo mucho peor, ¿sería capaz un profesor de
acabar con tantos alumnos? Le costó varios minutos asumir que éstos no habían
muerto, sólo que se habían desmayado, pero le costaba pensar con claridad,
¿Cómo había sucedido aquello? ¿Por qué estando los alumnos en ese estado el
profesor se limitaba a quedarse quieto mirando a la nada? El miedo le paralizó
por completo y el recuerdo de su hermano le llegó a la cabeza, ¿le habría hecho
algo a él? De ser así, el profesor de educación física lo pagaría pero, de
improviso, el chico vio que del lado derecho del internado aparecía Andrea. La
chica tenía la frente perlada de sudor y estaba corriendo como si estuviera
siendo perseguida por una jauría de leones hambrientos. Luis fue a articular
palabra, pero la chica le agarró el brazo y siguió a la carrera para escapar de
algo a lo que Luis no llegaba a poner cara.
-¡Pon de tu parte y empieza a correr!
– le ordenó la chica al ver que éste seguía inmóvil.
El señor Ramírez, una vez Andrea hubo proferido aquella sonora orden, se
percató de la presencia del muchacho y extendió la mano. De ella apareció una
nube de color gris que fue directa hacia ambos estudiantes pero,
afortunadamente, Andrea consiguió tirar a Luis al suelo con rapidez antes de
que la nube le atravesara. Ambos contemplaron como la nube se estampaba contra
la pared y, con un terror difícil de imaginar, se alejaron corriendo a la parte
trasera del internado.
-Por favor, dime que esto es parte de
la diversión del internado – pidió Luis una vez se hubieron puesto a salvo.
-No es momento de hacer preguntas
estúpidas, ¿no te parece?
-Está bien, al menos dime lo que está
pasando aquí, porque no estoy entendiendo nada, ¿desde cuándo una persona puede
lanzar cosas grises por la mano?
-Luis, menos mal que estás bien, pensé
que te había dejado inconsciente a ti también – mencionó Javi apareciendo por
un matorral que le mantenía oculto del enemigo.
-¿Cómo que a mí también? ¿A quién más
ha dejado inconsciente?
-Luis, en ese círculo se encuentra tu
hermano. El señor Ramírez le adormeció en cuanto salió del internado.
-¡Qué! – Saltó horrorizado Luis,
sacando su lado más protector – Tengo que ir a buscarle.
-¿Estás loco? ¿Hace falta que te
recuerde que lanza cosas por la mano?
-No, no hace falta. Pero si no hago algo...
-¡El señor Ramírez viene hacia aquí! –
chilló Carlos mientras corría hacia el resto, uniéndose a los otros tres
alumnos en la única parte segura del internado, la trasera.
-Ahora voy a intentar coger a Alberto.
Vosotros entretened al profesor.
-Es una locura, Luis – dijo Andrea con
la cara desencajada por el pánico.
Luis no hizo caso alguno a la advertencia de su amiga y fue directo al
círculo de estudiantes inconscientes que había en la pista de baloncesto. El
señor Ramírez no tardó en aparecer por el lado que había dicho Carlos, pero
ninguno de los tres podía hacerle frente si comenzaba a arrojarles extrañas
nubes gaseosas de sus manos. Efectivamente, el maestro no se demoró mucho en
comenzar la ofensiva y, a pesar de que los tres estudiantes consiguieron
esquivar varias de esas sustancias incorpóreas, dilucidaron que no iban a
soportar mucho tiempo más aquel sinfín de disparatados y sobrenaturales
poderes, y se alejaron de allí a toda prisa por el mismo camino por el que se
había marchado Luis, minutos antes. El profesor endemoniado mostró una turbia
sonrisa, no solo por ver cómo sus alumnos corrían horrorizados, sino por el
pavor que había reflejado en sus ojos. Cuando llegaron al centro de la pista de
fútbol, donde el infierno nuboso había dado comienzo, los horrorizados alumnos
se toparon con Luis, que ya había encontrado a su hermano y le sostenía en
brazos, con la esperanza de que le diera tiempo a ponerlo en un lugar seguro.
Carlos miró por el lado contrario al que habían regresado al punto de partida,
ósea por donde habían escapado una primera vez, Javi, Andrea y él, pero
visualizó espantado que la salida estaba bloqueada por esa nube gris que
rodeaba el cuerpo del señor Ramírez, una vez que se dejó ver nuevamente frente
a sus colegiales.
-Se acabaron las carreras – expelió el
profesor con una sonrisa maligna en su rostro.
-¡Déjanos en paz, nosotros no te hemos
hecho nada! – saltó Andrea con lágrimas en los ojos.
-¡Os voy a matar! – gritó en contestación.
Luis dejó a Alberto de nuevo en el suelo y se colocó delante de él.
Estaba decidido a arriesgar su vida, con tal de salvar la de su hermano. Apretó
los puños y le voceó lo primero que le vino a la cabeza, aunque ello fuera lo
que estuviera dispuesto a hacer en el caso más extremo.
-Si vas a hacer daño a mi hermano,
tendrás que pasar por encima de mi cadáver.
-Ese es el plan – dijo entre risas
Ramírez.
Tras la declaración de intenciones, extendió el brazo hacia los cuatro
alumnos del internado que quedaban en pie. Al grito de “estáis muertos”, la
mano de Ramírez se iluminó por el aura gris que tantos quebraderos de cabeza
les estaba dando ese día y una nueva nube salió directa hacia el rostro de los
cuatro chicos. Un grito ahogado sonó. El miedo se palpitaba en el ambiente.
Andrea tenía los ojos cerrados, pero cuando los abrió al cabo de unos minutos,
descubrió que seguía viva. Todos seguían vivos. La nube gris se había quedado
congelada en medio de un cubito de hielo, que cayó al suelo haciéndose añicos
junto con el poder sobrenatural que había resguardado en su interior. Luis y
Andrea miraron hacia su derecha en dirección a Javi y Carlos. El alumno de las
gafas tenía los ojos cerrados y estaba temblando como un niño pequeño obligado
a ver una película de terror a oscuras, mientras que Carlos se encontraba con
las manos extendidas. Sobre sus dedos reposaba un leve color azul celeste,
idéntico que el del cubito de hielo. El señor Ramírez tenía los ojos como
platos, al igual que Luis y Andrea. Nadie entendía que era aquel resplandor
azulado que adornaban las manos del chico y, a juzgar por la expresión
desencajada que poseía su rostro, él tampoco estaba muy al corriente de lo que
había sido capaz de hacer. En cualquier caso, Ramírez no se dio por vencido y
volvió a cargar el mismo ataque con la esperanza de que esta vez nada ni nadie
le detuviera en su objetivo de exterminar a esos molestos y escurridizos
alumnos. La lozana y reciente nube, a medida que iba ganando terreno en relación
con los estudiantes, empezó a adoptar la forma de una gigantesca mano grisácea,
con sus dedos bien definidos, con la intención de atraparles de una forma más
literal. Andrea ahogó un grito y cerró los ojos de nuevo
-¡Basta ya! – gritó Luis nuevamente, a
la vez que extendía los brazos hacia adelante, como acto reflejo por la
embestida del ataque que se le iba a avecinar.
Con los ojos cerrados por el temor y la angustia, Luis comenzó a
sentirse de repente más agotado y bastante acalorado, ¿a qué venía esa
sensación de repente? Levemente, abrió los ojos y vio algo impensable: En sus
manos reposaban dos esferas naranjas de fuego. No conseguía entender cómo
habían llegado hasta allí y, aunque no sabía en ese momento de que asustarse
más, el chico las arrojó, lo más fuerte que pudo, contra la mano grisácea que
se encontraba ya a escasos metros de ellos. Las pelotas de flama destrozaron
las manos gaseosas invocadas por el profesor de educación física, para impactar
en su rostro momentos después. Se levantó una gran polvareda a causa de todo lo
que había sucedido y el alumno que había atacado al maestro hincó las rodillas
en el suelo con la respiración entrecortada. A los pocos segundos, miró hacia
el declarado enemigo, pero este había desaparecido como por arte de magia. En
vez de pensar en ello, Luis pasó sus ojos hacia su hermano y sonrió agradecido
al ver que el pequeño seguía inconsciente, pero vivo. El problema parecía haber
pasado, hasta que Luis decidió mirar a las personas con las que tendría que
compartir habitación y salas comunes del internado: A su izquierda, Andrea, la
cual le miraba con espanto debido a que abrió los ojos en el momento en que su
aliado temporal estaba creando las esferas de fuego; Tras ella, el chico del
suelo miró hacia los dos varones que estaban con él y vio diversas expresiones:
En primer lugar a Carlos, que no prestaba atención a Luis, sino más bien a sus
propias manos por lo que había acabado de crear; Y Javi, el chico que no se
había enterado de nada porque había estado rezando con los ojos cerrados para
terminar la hora con vida y, que al abrir sus órganos oculares, se llevó una
alegría al ver que sus plegarias habían surtido efecto. De pronto, Luis notó
como si alguien más le estuviera observando y, como si supiera de quién se
tratara, puso los ojos en una de las ventanas del internado. El pánico le heló
la sangre, y es que no conseguía entender algunas incógnitas que le estaban surgiendo
mientras veía como Sergio había advertido de todo lo ocurrido, desde la ventana
de la habitación 17, ¿Qué sabía él? ¿Tendría algo que ver con lo sucedido? Y,
algo muy importante. Si él también tenía clase de educación física, ¿Por qué no
había bajado? ¿Acaso sabía lo que iba a hacer el señor Ramírez?