domingo, 8 de octubre de 2017

Primer capítulo de mi novela

 Hola mis Marcyanos!!! Lo prometido es deuda y, aunque yo haya tardado lo mío, aquí os traigo el primer capítulo de mi libro: El Virus Marcy. El Origen. Espero que os guste mucho y que os den ganas de leer y conocer más sobre esta historia. Ya me contaréis ;)


Capítulo 1: Empieza un nuevo curso
   Como todas las historias, El virus Marcy tiene un comienzo, un origen. El principio de lo que será para unas cuantas personas, el inicio de un trepidante mundo de peligros, misterios y un sinfín de aventuras.
   Todo empezó en el mes de septiembre. Las clases dieron comienzo y, tanto los profesores como los alumnos, debían volver a lo que iba a ser durante nueve meses, su nuevo hogar. El majestuoso internado Sáez se encontraba en perfectas condiciones y sin ninguna variación aparente a la vista respecto a años anteriores. Los que no conocían de antes el edificio, se quedaron boquiabiertos al ver las dimensiones de aquella escuela, aunque por dentro las vistas mejoraban muchísimo más. El internado se estructuraba en cuatro plantas, conectadas por tres escaleras, una de ellas en el centro y las otras dos a ambos lados. En la planta de abajo se distribuían, empezando por el lado derecho, la enfermería del internado y la entrada al pabellón, donde se impartían la mayoría de las clases de educación física. En el lado izquierdo del edificio se encontraba el despacho del director y jefe absoluto de aquel recinto educativo: El director Sáez. La mayoría de los alumnos pensaba que el director Sáez era tan narcisista que no había dudado, ni un momento, en colocar su apellido en el nombre del internado, pero en realidad tenía ese apelativo por su padre, el cual edificó aquel centro de estudio para que su hijo trabajara de forma autónoma y, directamente, como mandamás de un internado, sin pasar antes por miembro del profesorado ni por jefatura de estudios. Respecto a los dormitorios, el internado Sáez separaba a sus estudiantes por edad y sexo, es decir, que en la primera planta se encontraban todos los jóvenes cuyas edades comprendieran entre los diez y los trece años; La segunda planta del recinto educativo estaba compuesta por el sector femenino; Y, la tercera, estaba destinada a los varones. Para concluir, la cuarta y última planta del internado era donde residían los profesores que allí impartían clases.
   Ese primer día de curso, los alumnos eran recibidos por el director Sáez, el cual estaba pletórico y emocionado de poder volver a animar a gente por medio de los estudios y de reprenderles cuando fuera necesario. Adoraba su trabajo y se lo tomaba muy en serio. Ese año, había obligado al enfermero del internado, el señor Ibáñez, a que hiciera un esfuerzo por estar junto a él, en su misión de acogida y recibimiento. Sabía de antemano que su empleado era bastante tímido y, por qué no decirlo, algo huraño, pero quería hacer ver un lugar mucho más hogareño y hospitalario de lo que ya era. A diferencia de ellos, que estaban ilusionados por principiar el nuevo año escolar, pudieron ver unos rostros poco complacientes en sus alumnos, debido al fin de las vacaciones de verano y lo que ello conllevaba: Habría que estudiar nuevamente.
-Ésta es la tuya, habitación 17 – dijo Luis.
-Pero yo quiero estar al lado tuyo, hermano – explicaba Alberto con tristeza.
-Te prometo que vendré a visitarte todos los días.  
-¿De verdad?
-Sí, lo prometo.  
   Alberto y Luis eran hermanos, pero casi nunca habían estado juntos debido al divorcio de sus padres, cuando el mayor tenía la temprana edad de siete años y, el benjamín, solo cuatro. Luis se había ido a vivir con su madre a un pueblo de Escocia, y Alberto con su padre a Madrid, la capital de España y, por un golpe de suerte, habían coincidido en el mismo internado de Moorea, la isla volcánica de la Polinesia francesa, ocho años después. Que sus padres hubieran coincidido en ello, le sorprendió a Alberto, pero supuso que habrían decidido eso para que ambos hermanos pudieran crear esos lazos íntimos que todos los hermanos poseen, pero que ellos nunca llegaron a establecer. Luis, por su parte, había investigado acerca del internado Sáez y se sorprendió gratamente de ver que aquella institución acogía principalmente a alumnos españoles, aunque no eran reacios a la diversidad cultural para fomentar la igualdad y aprender idiomas de manera sencilla y amena.
   Tras dejar a su pequeño hermanito en la primera planta del internado, se dirigió a su habitación para ver lo que le esperaba durante el curso. Como Alberto era tres años más pequeño que Luis, les habían puesto en cuartos y plantas distintas. Cuándo éste entró en su dormitorio, se quedó boquiabierto, pues tenía a unos compañeros un poco difíciles de tratar: Lo único que había allí, eran dos cucarachas encima de su cama, un mueble medio derrumbado y una mesa con más polvo que madera.
-¿Dónde me han metido? – soltó algo amedrentado y confuso por la visión a la que estaba expuesto.
   Luis por lo menos había tenido algo más de suerte. Cuando llegó a su habitación, no se encontró con dos insectos repugnantes sobre su catre, sino que se topó con dos chicos de su misma edad, colocando su respectiva ropa en los armarios. Como en el caso de Alberto, admiró las dimensiones de su habitación, pues sin saber exactamente el motivo de ello, se habían imaginado aquel habitáculo mucho más diminuto de cómo en realidad era.
-¡Hola! Me llamo Luis – exclamó con efusividad nada más entrar.
-Hola, soy Carlos – dijo el muchacho más cercano a la puerta, sin mirarle a la cara debido a que estaba ordenando su ropa en el cajón.
-Yo soy Javi, un placer conocerte. Tu cama es la que está más pegada a la pared.  
-Vale, gracias.
   A Luis no le dieron muy buena impresión esos dos chicos. No es que él fuera selectivo e hiciera un castillo de un grano de arena en lo que a buscar compañeros y hacer amigos se refería, pero esos dos chavales no habían comenzado del todo bien con él, ya que uno de ellos apenas hizo ademán de interesarse por él, y el otro se limitó a chocarle la mano y seguir con sus quehaceres. Además, Luis vio que físicamente era completamente distinto a ellos. Mientras que él era castaño de ojos marrones, Carlos era rubio con ojos azules. Y, respecto al tercero en discordia, Javi, tenía unas gafas de culo de botella delante de unos ojos marrones que guardaban cierto parecido con los de Luis, pero era delgado y alto, lo cual le hacía ver más enjuto todavía.
   Cuando llevaba cerca de media hora colocando su equipaje en el armario que sus dos compañeros le habían dejado vacío, una potente voz sonó a través de los altavoces, colocados en algunas esquinas y demás recovecos del internado. La voz del director Sáez a través del amplificador, pidiendo la presencia de todos los alumnos en el pabellón del internado, no hizo otra cosa que asustar a Luis, a causa de que le pilló de improviso. Para no perderse ningún detalle, se dirigió allí a paso ligero, con la esperanza de encontrarse con su hermano y sus dos compañeros de habitación, los cuales, pasados los cinco minutos del recién llegado en el dormitorio, se habían ido de allí sin decir nada y no había sabido nada más de ellos. Para nada, estaba resultando la bienvenida deseada, pues no estaba consiguiendo entablar amistad, ni conversación siquiera, con nadie allí.
   El pabellón no era como la gente se imaginaba, no era un lugar enorme con tres colchonetas y un par de espalderas, sino como un gran estadio de baloncesto, con sus gradas incluidas, para que los alumnos se acomodaran. Luis no tardó en llegar, apenas cuatro minutos después de la orden del director. Aún quedaban muchos asientos vacíos y, como no veía a nadie conocido, dada la lista tan reducida de contactos que poseía, decidió acomodarse en una de las sillas más próximas a la puerta de entrada. Nada más sentarse, se estiró y bostezó. Esperaba que a su hermano le hubiera ido mejor que a él ese primer día. Seguía sin entender el por qué se habían comportado de forma tan reacia sus dos compañeros de cuarto, ¿Ya se conocerían de antes? ¿Habrían tenido una buena amistad con su anterior colega de habitación y le habían culpado a él de que éste no hubiera regresado? Sea como fuere, el chico comenzó a perderse en sus pensamientos cuando alguien le tocó con el dedo índice de la mano derecha en su hombro.
-¿Está ocupada esta silla? – preguntó una voz femenina a su derecha.
   Luis se giró hacia donde había oído esa voz y vio a una chica de su misma edad, pelo corto y rizado y una carpeta en la mano. Se había quedado embobado con la muchacha. Con la belleza y sensualidad que desprendía desde el primer momento, había bastado para hacer enmudecer a Luis, que nunca había sufrido tal efecto por nada ni por nadie. Por otro lado, ésta empezó a preocuparse porque no recibía respuesta alguna y empezó a otear el ambiente en busca de un nuevo asiento en el que caerse a escuchar lo que el director tuviera que decirles.
-Bueno, ya buscaré otro asiento, gracias – dijo alejándose del lugar con muecas de extrañeza e incredulidad.
-¡No, espera! Siéntate aquí.  
-Gracias – preguntó una vez se hubo acomodado en el asiento – ¿Cómo te llamas?
-Luis, ¿tú? – cuestionó de forma entrecortada ya que la chica le producía un fuerte tartamudeo y le estaba costando más de lo esperado recuperar la compostura.
-Andrea, encantada de conocerte, ¿este es tu primer año aquí?  
-Nuestro primer año… También está mi hermano.  
   Andrea y Luis empezaron a conocerse, preguntándose por gustos musicales y lugares paradisiacos que ambos querían visitar, pero no les dio tiempo a hablar mucho porque entró el director Sáez en esa sala que ya se encontraba a rebosar de gente. Se colocó en el centro y cogió un megáfono con la intención de dar un discurso a sus nuevos estudiantes, que guardaron silencio nada más escuchar el chirrido proporcionado por el utensilio en manos del director, el cual estaba haciendo pruebas para comprobar que estaba en perfectas condiciones.
-¡Bienvenidos a todos! Estoy muy contento de estar aquí un año más y espero que vosotros también lo estéis. Este año no me quiero entretener tanto en la charla inaugural, pues auguro que estaréis deseando hacer vida social y descansar del largo viaje. En cualquier caso, os he hecho llamar para avisaros de que ha habido un pequeño problema con los contratos de los profesores y es por ello que hay un pequeño descontrol en lo que respecta al horario académico. Nada de lo que preocuparse, tranquilizaos. En unas pocas semanas todo se habrá normalizado. También, no está de más mencionar que, si tenéis algún problema con cualquier alumno o profesor no dudéis en hablar conmigo. Y dicho esto, ¡damos por empezado el curso! –
-Parece majo – dijo Luis una vez terminada la introducción del curso.
-Lo es. De los cuatro años que llevo aquí no he visto a nadie quejarse de su actitud.  
-¿Llevas cuatro años? – Preguntó Luis con gran asombro – Y, ¿te lo pasas bien aquí?
-Pues claro, esto es muy divertido. Todos los viernes hay fiestas, las clases son entretenidas y conoces gente nueva. Todavía no he visto el inconveniente de este lugar. Bueno, sí, que estamos a tropecientos kilómetros de casa, pero bueno… – Andrea dejó de reírse y miró el reloj que tenía en su muñeca izquierda. Era de plata, bastante bonito. Luis percibió en el rostro de la chica que ésta estaba sacando tiempo de donde no tenía y, cuando ésta se hubo percatado de que su actitud era más que evidente, decidió levantarse del asiento como si no hubiera ocurrido nada.
-Bueno, me tengo que ir a mi habitación. Van a llegar mis nuevas compañeras y tengo ganas de conocerlas, ¡ah! y gracias por la silla.
-De nada.  
-Hasta luego.  
   Luis se quedó sentado un par de minutos, pensando en lo que le había dicho Andrea ¿de verdad sería tan entretenido vivir en ese internado? Cuando su madre le mencionó que iba a dejar de estar con sus amigos y conocidos para irse a estudiar al internado Sáez, alejado de todo lo que él apreciaba, no le causó especialmente gracia, pero a lo mejor estaba en un profundo error y tenía que dar una oportunidad a aquel nuevo lugar. Al fin y al cabo, tanto el profesorado como el alumnado no parecían tan sombríos en esa primera toma de contacto.
   Al rato de estar sumido en sus más recónditos pensamientos, se dio cuenta de que allí no quedaba casi nadie, tan solo una chica leyendo un libro, un chico escuchando música y él. Antes de salir de allí, Luis se despidió de los dos últimos estudiantes que allí quedaban y, una vez que se encontró en el pasillo, tras haber salido del pabellón y andar un rato por la parte baja del internado, dispuesto a subir los escaleras que conectaban dicho nivel con el superior, empezó a recordar que no había visto a su hermano pequeño en todo el rato. El chico comenzó a ponerse nervioso. Si Alberto hubiera estado en el pabellón se habría acercado a él para reseñarle acerca de su nuevo dormitorio y sus nuevos compañeros. Pero no había sido así. No se había acercado a él y eso solo podía significar una cosa: No había ido al pabellón. El hermano mayor comenzó a ponerse en la peor tesitura posible, pensando en lo que le habría podido ocurrir a su hermano, poniéndose nervioso al imaginar a su pariente sumido en la peor de las desgracias.
A lo largo de su vida había estado con su hermano en contadas ocasiones y ahora que se tenía que responsabilizar de él, se había extraviado. No le costó mucho esfuerzo y tiempo encontrarle, una vez el mayor hubo ascendido al piso primero. Alberto estaba en la puerta de los cuartos de baño de su planta, con lágrimas en los ojos y una angustia en su rostro. Luis le vio desolado, triste y angustiado, y se acercó a él derrumbado sin conocer las causas de dicho sentimiento por su parte ni por el del joven con el que compartía sangre.
-Luis, por fin vienes – dijo el pequeño a moco tendido.
-¿Qué sucede? Estaba en el pabellón con los demás alumnos, en la charla que ha dado el director, ¿tú has estado?  
-No.
-¿Se puede saber porque no has ido? – recriminó un poco molesto.
-He estado todo el rato aquí porque no quiero estar ni un minuto más en este sitio. Quiero irme a mi casa con papá, con mamá y contigo, pero no en este internado.
-Pero si no llevamos ni dos horas ¿ya te quieres marchar?  
-¡Te acabo de decir que sí!
-Bueno, al menos tendrás un motivo.
-El motivo es que no conozco a nadie y me han puesto en una habitación con dos cucarachas y los muebles rotos.  
-Pero yo tampoco conozco a nadie… Piénsalo, cuándo fuiste hace seis años al cole, tampoco conocías a nadie, pero pasaron los días y te hiciste amigo de casi todos ellos, pues esto es igual, otro cole, nuevos amigos…. Y, sobre tus compañeros… No está bien llamarles cucarachas si todavía no les conoces – reprendió el mayor.
-Ese es el problema, que no puedo conocerles. No tengo compañeros, sólo hay dos insectos, dos cucarachas feas sentadas en mi cama.
-Hagamos una cosa: Vamos a tu habitación y entramos. Veo si hay cucarachas y muebles rotos y, si de verdad los hay, hablaremos con el director.  
-¿Entonces no podemos irnos? – preguntó el pequeño, albergando todavía una esperanza.
-Da una oportunidad a este internado. Me ha dicho una persona que es muy divertido. Venga, vamos a tu habitación.
   Luis y Alberto empezaron a caminar hacia el cuarto del pequeño mientras Luis le contaba algunas ventajas sobre el internado Sáez: Lo de las fiestas, lo simpático que parecía ser el director y lo buenas personas que mostraban ser todos allí. Alberto pareció calmarse un poco con las palabras de su hermano, lo cual, enorgulleció a Luis. Ahora sí, comenzaba a sentirse ufano por la labor que estaba realizando con el joven. Poco a poco, Luis principió a sentir que Alberto estaba siendo convencido porque dejó de respirar entrecortadamente, para dar bocanadas normales de aire, pero al llegar a la habitación 17, un malestar le recorrió la espalda a ambos, ¿qué se iban a encontrar? El mayor fue el que decidió abrir la puerta con su mano derecha y con bastante aprensión por lo desconocido, pero al ver lo que había en el interior de aquel dormitorio, comprendió que sus temores habían sido infundados para nada. A diferencia de lo que había expresado Alberto, la habitación poseía un ambiente cálido y acogedor, sin cucarachas ni muebles rotos. De hecho, Alberto divisó boquiabierto aquel escritorio que iba a juego con los muebles azules y los dos cojines naranjas que se encontraban sobre las dos almohadas de los respectivos dormitorios.
-No lo entiendo, antes era un cuarto abandonado, ¿qué ha podido pasar? – interpeló Alberto extrañado.
-Lo que ha pasado es que querías irte de aquí y has inventado lo de tu cuarto para convencerme, ¿verdad?  
-No, te lo prometo.
-Lo que sí deberías hacer es marcar tu lado de la habitación – Comentó Luis oteando todos los rincones del dormitorio – Ese chaval está acaparando todo tu espacio… Por cierto, ¿dónde está? Parece uno de esos raritos que se pasan todo el día con el ordenador y se olvidan hasta de comer por estar jugando.
-Eso parece – musitó Alberto todavía desconcertado.
   A sus espaldas alguien carraspeó. Los dos se giraron y vieron a un chico de la misma edad que Alberto, pelo corto y un ordenador en la mano. El hermano mayor se quedó sin palabras al descubrir que el compañero de Alberto le había escuchado las palabras hirientes que acababa de proferir contra su persona. De hecho, trataba de mostrarse indiferente al comentario, pero no lograba disimularlo especialmente bien.
-Me dejáis pasar, por favor.  
-Claro – Dijo Luis – ¿Eres tú el compañero de cuarto de mi hermano Alberto?
-Supongo que sí. Soy “El rarito” de este cuarto – corroboró éste mirando a Luis con odio.
-Estupendo. Aquí te dejo a mi hermano, que yo me tengo que ir. Hasta luego.
   Luis se marchó de la vista fulminante de “El rarito” lo más rápido que pudo. Sentía que no había obrado bien insultando al compañero de Alberto, y más a su espalda, creyendo que no le iba a escuchar. Luis quería ser el mejor ejemplo para su hermano y criticar a la gente, no era la lección más importante. Algo es algo, Alberto no tenía que convivir con dos insectos en un cuarto abandonado pero, ¿seguro que era lo mejor? Luis no paraba de ponerse en lo peor, ¿y si a “El rarito” le daba por tomarla con Alberto por motivo de sus burlas? Lo que Luis también sabía es que no podía hacer que Alberto dependiera de él durante todo el curso. Le ayudaría en todo lo que pudiese, pero la amistad con “El rarito” se la tendría que ganar el mismo. Era por ello, que lo que menos podía hacer era ser tan despreocupado de decir cualquier barbaridad de la gente a la que aún no conocía.
   Aunque él siguió dándole vueltas durante más de una hora, su hermano lo olvidó todo e intentó buscar un nuevo amigo en su nuevo compañero de cuarto, el cual, se mostraba hostil con el joven estudiante. No podía ocultar que le había dolido el comentario de Luis, y tampoco pretendía ocultar por ello, que no quería la amistad del pequeño.
-Bueno, ¿cómo te llamas?
-Sergio.
-Yo soy Alberto, y el de antes, era mi hermano Luis. Somos nuevos en este internado, ¿tú también eres nuevo?
-Sí.
-¿Todos estos cachivaches son tuyos? – cuestionó mirando unos aparatos que se encontraban encima del escritorio y ojeándolos desde todos los ángulos posibles.
-No son cachivaches, son mis aparatos de investigación.  
-¿Investigas?  
-Si no investigara no los tendría. Hazme un favor, si me vas a hacer perder más el tiempo, dímelo.  
-Vale, ya me callo.
   El primer día para Alberto no fue, ni mucho menos, como él hubiera deseado: Su hermano pensaba que se había inventado lo del cuarto repugnante, no conocía a nadie y su compañero de habitación le odiaba por lo que Luis había dicho. En definitiva, Alberto tenía motivos, más que de sobra, para no sentirse alegre ni entusiasmado.
   A la mañana siguiente, el sol apareció por todos los cristales del internado, anunciando el despertar de sus alumnos. A Luis se le ocurrió la idea de hacer una visita a su pequeño hermano y a su extravagante compañero de habitación, antes de intentar conocer a sus propios camaradas de cuarto, con los que apenas pudo conversar en el día inaugural del trimestre. Estaba dispuesto también a solucionar el altercado del día pasado con el compañero de su hermano, al que había apodado “El rarito” y del que esperaba una muestra de simpatía hacia ambos parientes. El problema llegó cuando Alberto subió a toda prisa los escalones de la tercera planta del internado y Luis le encontró desorientado, buscando el cuarto de su hermano, como un manojo de nervios y una cara de acabar de ver un fantasma. Alberto estaba sudando, tal vez por los nervios o a lo mejor por la precipitada caminata desde la primera hasta la tercera planta del internado. El caso es que consiguió, de nuevo, que su hermano se preocupara enormemente por él.
   Como sabía que ni Carlos ni Javi se encontraban en la habitación 52, la suya, porque se debían de haber bajado a desayunar y a conocer las distintas instalaciones del centro educativo, Luis llevó a su hermano al interior de su cuarto y le sentó sobre su cama, con la esperanza de que así se calmara y le contara, de una vez, lo sucedido.
-Alberto, respira, ¿qué es lo que ha pasado? – El pequeño tragó saliva y se echó las manos a la cabeza, intentando ordenar sus pensamientos. Luis le miraba asustado y temiéndose lo peor: Su compañero de habitación tenía algo que ver y, a mayor ende, había sido a causa de sus hirientes palabras – ¡Alberto, respóndeme ya!
-Es que… Cuándo me he despertado… Me he visto con muchos cables encima y me he asustado.  
-¿Y, ya está? – Murmuró dando un suspiro – Es normal que tuvieras cables por encima. Te recuerdo que tu cuarto está lleno de aparatos y cables de todo tipo.  
-Sí, pero no puestos en la cabeza. –
-¿Qué tu compañero te ha puesto cables mientras dormías? – se asombró Luis.
-Sí, pero además, cuándo me he despertado… He creído ver mi foto en la pantalla de su ordenador, y había muchísimas cosas al lado…  
-Tranquilo, ¡cuándo le vea le voy a partir la cara! Se le va a quitar la tontería de golpe.
   Pareció increíble, pero Sergio acababa de subir las escaleras y estaba en la misma planta que su compañero de cuarto y su furioso hermano. Además, él chico subió ahí en el preciso momento en el que el otro salía de su dormitorio, directo a la habitación 17, para decirle unas cuantas perlitas bastante peores que lo mencionado la pasada tarde. Alberto salió justo después que él, todavía temblando por el miedo que había pasado en su propio cuarto. En su propia cama. El pequeño conocía a su hermano. Él no era una persona violenta, pero en esa ocasión, estaba más que convencido de que Luis no iba a apretar los dientes y a sacar una bandera blanca señalizando paz.
-Sólo te lo voy a decir una vez, no quiero que te acerques a mi hermano otra vez, porque si le vuelves a hablar o me vuelve a contar algo parecido a lo que me ha contado, te vas a cagar, ¿te ha quedado claro?
-No he subido aquí para escuchar tus amenazas, sólo he venido porque tengo que decirte una cosa muy importante.
-Creo que no te enteras, ¡no quiero escuchar nada de un chiflado que pone cables a mi hermano en la cabeza mientras duerme! – espetó Luis alzando el tono de voz y agarrándole con fuerza el brazo izquierdo.
-Pero….  
-Basta ya, ya te he avisado. Espero que esto no vuelva a suceder.
   Todavía Luis no había golpeado a Sergio, pero era demasiado pronto para que su hermano respirara tranquilo. Por suerte, apareció Javi corriendo por el otro lado del pasillo, buscando a su compañero. Le reconoció aun estando el otro de espaldas y, a pesar de no rememorar a las otras dos personas más jóvenes que con él se encontraban, no podía evitar pensar que allí estaba ocurriendo algo serio.
-¿Se puede saber qué está pasando aquí? – preguntó una vez que vio cómo su compañero de habitación aferraba con fiereza el brazo del chico
-Por ahora, nada – Dijo Luis – ¿Qué quieres?
-Saber porque no estáis los tres en clase del señor Ramírez, me ha dicho que os buscara y que bajarais de inmediato.  
-¿Qué ahora tenemos clase? – preguntó Luis.
-Me temo que sí, ¿por qué no llevas puesto el chándal?  
-¿Qué encima es de educación física?
-Claro, ¿acaso has mirado el horario que te hemos dejado Carlos y yo detrás de la puerta?
-No me he fijado, la verdad – reconoció.
-Pues date prisa, si no el señor Ramírez me echara la broca a mí también. Ah, por cierto, tu hermano Alberto, y su compañero de habitación, Sergio, también tienen que venir.
-¿Estoy en la misma clase que mi hermano? – preguntó Alberto.
-Pues claro, no hay profesores suficientes por ahora y se han reagrupado algunas clases. Daos prisa.
   Javi se fue corriendo escaleras abajo y Alberto le siguió unos diez segundos después totalmente emocionado por la noticia de compartir clase con su hermano, esperando que Luis se arreglara para la ocasión y finalizara aquel espectáculo que estaban protagonizando tanto él como su compañero de habitación, el cual no llegaba a impresionarse ni con las amenazas del chico ni con la idea de compartir aula con él.
-Estás avisado – le dijo Luis a Sergio una vez que su hermano se había marchado ya rumbo al patio escolar. Tras la advertencia, se marchó a su habitación, malhumorado, a cambiarse de ropa y Sergio se marchó a su cuarto, cogió su ordenador y empezó a escribir en él, hasta que presionó con fuerza el teclado del ordenador al recordar que no había conseguido nada en claro con la visita al hermano de su compañero, a excepción de una amenaza inesperada.
   A los cinco minutos, Luis bajó a la calle con cierto pesar en el cuerpo a causa de la pereza que sentía por iniciar el día, y el curso en general, con educación física. Sin embargo, para su sorpresa, vio que el señor Ramírez se encontraba de pie junto a un montón de estudiantes que yacían en el suelo sin mover ni un solo músculo de la cara. El profesor en cuestión era un hombre cercano a los treinta años que vestía un chándal azulado y estaba embadurnado por una buena cantidad de gomina que le había ayudado a fijarse el pelo hacia atrás, lo cual significaba que, a pesar de la materia que impartía, no era muy aficionado a las carreras ni al deporte.
   Al principio, Luis creyó que era parte de algún juego y sonrió tímidamente, pero dedujo que aquello no se trataba de entretenimiento. Los alumnos se encontraban inconscientes, o algo mucho peor, ¿sería capaz un profesor de acabar con tantos alumnos? Le costó varios minutos asumir que éstos no habían muerto, sólo que se habían desmayado, pero le costaba pensar con claridad, ¿Cómo había sucedido aquello? ¿Por qué estando los alumnos en ese estado el profesor se limitaba a quedarse quieto mirando a la nada? El miedo le paralizó por completo y el recuerdo de su hermano le llegó a la cabeza, ¿le habría hecho algo a él? De ser así, el profesor de educación física lo pagaría pero, de improviso, el chico vio que del lado derecho del internado aparecía Andrea. La chica tenía la frente perlada de sudor y estaba corriendo como si estuviera siendo perseguida por una jauría de leones hambrientos. Luis fue a articular palabra, pero la chica le agarró el brazo y siguió a la carrera para escapar de algo a lo que Luis no llegaba a poner cara.
-¡Pon de tu parte y empieza a correr! – le ordenó la chica al ver que éste seguía inmóvil.
   El señor Ramírez, una vez Andrea hubo proferido aquella sonora orden, se percató de la presencia del muchacho y extendió la mano. De ella apareció una nube de color gris que fue directa hacia ambos estudiantes pero, afortunadamente, Andrea consiguió tirar a Luis al suelo con rapidez antes de que la nube le atravesara. Ambos contemplaron como la nube se estampaba contra la pared y, con un terror difícil de imaginar, se alejaron corriendo a la parte trasera del internado.
-Por favor, dime que esto es parte de la diversión del internado – pidió Luis una vez se hubieron puesto a salvo.
-No es momento de hacer preguntas estúpidas, ¿no te parece?
-Está bien, al menos dime lo que está pasando aquí, porque no estoy entendiendo nada, ¿desde cuándo una persona puede lanzar cosas grises por la mano?
-Luis, menos mal que estás bien, pensé que te había dejado inconsciente a ti también – mencionó Javi apareciendo por un matorral que le mantenía oculto del enemigo.
-¿Cómo que a mí también? ¿A quién más ha dejado inconsciente?
-Luis, en ese círculo se encuentra tu hermano. El señor Ramírez le adormeció en cuanto salió del internado.
-¡Qué! – Saltó horrorizado Luis, sacando su lado más protector – Tengo que ir a buscarle.
-¿Estás loco? ¿Hace falta que te recuerde que lanza cosas por la mano?
-No, no hace falta. Pero si no hago algo...
-¡El señor Ramírez viene hacia aquí! – chilló Carlos mientras corría hacia el resto, uniéndose a los otros tres alumnos en la única parte segura del internado, la trasera.
-Ahora voy a intentar coger a Alberto. Vosotros entretened al profesor.
-Es una locura, Luis – dijo Andrea con la cara desencajada por el pánico.
   Luis no hizo caso alguno a la advertencia de su amiga y fue directo al círculo de estudiantes inconscientes que había en la pista de baloncesto. El señor Ramírez no tardó en aparecer por el lado que había dicho Carlos, pero ninguno de los tres podía hacerle frente si comenzaba a arrojarles extrañas nubes gaseosas de sus manos. Efectivamente, el maestro no se demoró mucho en comenzar la ofensiva y, a pesar de que los tres estudiantes consiguieron esquivar varias de esas sustancias incorpóreas, dilucidaron que no iban a soportar mucho tiempo más aquel sinfín de disparatados y sobrenaturales poderes, y se alejaron de allí a toda prisa por el mismo camino por el que se había marchado Luis, minutos antes. El profesor endemoniado mostró una turbia sonrisa, no solo por ver cómo sus alumnos corrían horrorizados, sino por el pavor que había reflejado en sus ojos. Cuando llegaron al centro de la pista de fútbol, donde el infierno nuboso había dado comienzo, los horrorizados alumnos se toparon con Luis, que ya había encontrado a su hermano y le sostenía en brazos, con la esperanza de que le diera tiempo a ponerlo en un lugar seguro. Carlos miró por el lado contrario al que habían regresado al punto de partida, ósea por donde habían escapado una primera vez, Javi, Andrea y él, pero visualizó espantado que la salida estaba bloqueada por esa nube gris que rodeaba el cuerpo del señor Ramírez, una vez que se dejó ver nuevamente frente a sus colegiales.
-Se acabaron las carreras – expelió el profesor con una sonrisa maligna en su rostro.
-¡Déjanos en paz, nosotros no te hemos hecho nada! – saltó Andrea con lágrimas en los ojos.
 -¡Os voy a matar! – gritó en contestación.
   Luis dejó a Alberto de nuevo en el suelo y se colocó delante de él. Estaba decidido a arriesgar su vida, con tal de salvar la de su hermano. Apretó los puños y le voceó lo primero que le vino a la cabeza, aunque ello fuera lo que estuviera dispuesto a hacer en el caso más extremo.
-Si vas a hacer daño a mi hermano, tendrás que pasar por encima de mi cadáver.
-Ese es el plan – dijo entre risas Ramírez.
   Tras la declaración de intenciones, extendió el brazo hacia los cuatro alumnos del internado que quedaban en pie. Al grito de “estáis muertos”, la mano de Ramírez se iluminó por el aura gris que tantos quebraderos de cabeza les estaba dando ese día y una nueva nube salió directa hacia el rostro de los cuatro chicos. Un grito ahogado sonó. El miedo se palpitaba en el ambiente. Andrea tenía los ojos cerrados, pero cuando los abrió al cabo de unos minutos, descubrió que seguía viva. Todos seguían vivos. La nube gris se había quedado congelada en medio de un cubito de hielo, que cayó al suelo haciéndose añicos junto con el poder sobrenatural que había resguardado en su interior. Luis y Andrea miraron hacia su derecha en dirección a Javi y Carlos. El alumno de las gafas tenía los ojos cerrados y estaba temblando como un niño pequeño obligado a ver una película de terror a oscuras, mientras que Carlos se encontraba con las manos extendidas. Sobre sus dedos reposaba un leve color azul celeste, idéntico que el del cubito de hielo. El señor Ramírez tenía los ojos como platos, al igual que Luis y Andrea. Nadie entendía que era aquel resplandor azulado que adornaban las manos del chico y, a juzgar por la expresión desencajada que poseía su rostro, él tampoco estaba muy al corriente de lo que había sido capaz de hacer. En cualquier caso, Ramírez no se dio por vencido y volvió a cargar el mismo ataque con la esperanza de que esta vez nada ni nadie le detuviera en su objetivo de exterminar a esos molestos y escurridizos alumnos. La lozana y reciente nube, a medida que iba ganando terreno en relación con los estudiantes, empezó a adoptar la forma de una gigantesca mano grisácea, con sus dedos bien definidos, con la intención de atraparles de una forma más literal. Andrea ahogó un grito y cerró los ojos de nuevo
-¡Basta ya! – gritó Luis nuevamente, a la vez que extendía los brazos hacia adelante, como acto reflejo por la embestida del ataque que se le iba a avecinar.
   Con los ojos cerrados por el temor y la angustia, Luis comenzó a sentirse de repente más agotado y bastante acalorado, ¿a qué venía esa sensación de repente? Levemente, abrió los ojos y vio algo impensable: En sus manos reposaban dos esferas naranjas de fuego. No conseguía entender cómo habían llegado hasta allí y, aunque no sabía en ese momento de que asustarse más, el chico las arrojó, lo más fuerte que pudo, contra la mano grisácea que se encontraba ya a escasos metros de ellos. Las pelotas de flama destrozaron las manos gaseosas invocadas por el profesor de educación física, para impactar en su rostro momentos después. Se levantó una gran polvareda a causa de todo lo que había sucedido y el alumno que había atacado al maestro hincó las rodillas en el suelo con la respiración entrecortada. A los pocos segundos, miró hacia el declarado enemigo, pero este había desaparecido como por arte de magia. En vez de pensar en ello, Luis pasó sus ojos hacia su hermano y sonrió agradecido al ver que el pequeño seguía inconsciente, pero vivo. El problema parecía haber pasado, hasta que Luis decidió mirar a las personas con las que tendría que compartir habitación y salas comunes del internado: A su izquierda, Andrea, la cual le miraba con espanto debido a que abrió los ojos en el momento en que su aliado temporal estaba creando las esferas de fuego; Tras ella, el chico del suelo miró hacia los dos varones que estaban con él y vio diversas expresiones: En primer lugar a Carlos, que no prestaba atención a Luis, sino más bien a sus propias manos por lo que había acabado de crear; Y Javi, el chico que no se había enterado de nada porque había estado rezando con los ojos cerrados para terminar la hora con vida y, que al abrir sus órganos oculares, se llevó una alegría al ver que sus plegarias habían surtido efecto. De pronto, Luis notó como si alguien más le estuviera observando y, como si supiera de quién se tratara, puso los ojos en una de las ventanas del internado. El pánico le heló la sangre, y es que no conseguía entender algunas incógnitas que le estaban surgiendo mientras veía como Sergio había advertido de todo lo ocurrido, desde la ventana de la habitación 17, ¿Qué sabía él? ¿Tendría algo que ver con lo sucedido? Y, algo muy importante. Si él también tenía clase de educación física, ¿Por qué no había bajado? ¿Acaso sabía lo que iba a hacer el señor Ramírez?


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